"Soñar con cosas imposibles se llama utopía; luchar por objetivos no sólo alcanzables, sino imprescindibles para la supervivencia de la especie, se llama realismo"

El análisis del discurso - jesus ibañez

El análisis del discurso: de cómo utilizar desde la antropología social la propuesta analítica de Jesús Ibáñez

María Isabel Jociles Rubio
Universidad Complutense de Madrid
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I: Aclaraciones preliminares
El tema del que voy a tratar, como se desprende del título, es el de las técnicas cualitativas de análisis del discurso. Ahora bien, antes de empezar a desarrollarlo debo hacer dos aclaraciones iniciales: una está dirigida a explicitar qué concibo como técnicas de análisis, y la otra alude a las implicaciones metodológicas que -en mi opinión- tiene la distinción entre las diferentes dimensiones del habla. Con respecto a lo primero, considero que las técnicas de análisis no son senderos, al menos no son senderos neutrales, por los cuales el investigador se aproxima o se acerca a una determinada faceta del discurso que estuviera ya dada en él, sino que es más apropiado concebirlas como herramientas -herramientas de carácter conceptual- que lo descomponen haciendo que surja, que se constituya en él, que se evidencie de un modo u otro esa faceta que buscamos estudiar. Con esta última concepción, no así con la otra, se reconoce - a mi parecer- el papel activo, el papel constituyente que tienen las técnicas y, a través de ellas, la perspectiva teórica del investigador dentro de los procesos de análisis. Un papel activo que Mary Douglas, por ejemplo, ya les atribuye en un artículo titulado "El significado del mito"; en el cual critica la visión que Lévi-Strauss ofrece del análisis estructural, sobre todo cuando éste declara que las unidades semánticas componentes del mito (que identifica principalmente -como se sabe- con oraciones y nombres propios), trasladadas a tarjetas perforadas, podrían ser manipuladas por una computadora, de modo que la computadora -sin más- revelaría su estructura o sus pautas subyacentes. Y se pregunta retóricamente la antropóloga británica:
Quiere decir realmente [se refiere, por supuesto, a Lévi-Strauss] que puede separar un mito en unidades semánticas, colocarlas en una máquina y sacar por la otra punta una pauta subyacente que no es precisamente la que utilizó para seleccionar sus unidades?. La rapidez de la mano burla al ojo ( 1.967: 82-83).
Lo que Mary DOUGLAS insinúa en la cita precedente no es tan sólo que las unidades o los elementos del discurso se configuran de acuerdo con las técnicas de análisis, con las herramientas conceptuales que sirven para identificarlas y distinguirlas, sino también que esas técnicas (en este caso, el análisis estructural) no pueden ser tenidas por procedimientos que -eliminando la incertidumbre- tuvieran el poder de poner de manifiesto por sí solos cuáles son los elementos o cuáles son las estructuras relevantes del discurso, puesto que no pueden sustituir en ningún caso -sino prolongar- la perspectiva e incluso la intuición del investigador. Volviendo a tomar como ejemplo el análisis estructural lévi-straussiano, hay que subrayar que fueron esa perspectiva y esa intuición las que llevaron a Lévi-Strauss a sostener que la estructura más profunda o más relevante del mito de Asdiwal es la que vio representada por la oposición binaria que se establece entre patrilocalidad y matrilocalidad, toda vez que el mismo mito permite hallar otras oposiciones igualmente profundas o igualmente relevantes, como pudiera ser la que contrapone la dominación femenina a la dominación masculina, pues -como afirma Mary Douglas, de quien vuelvo a tomar las palabras- "bien podría interpretarse que el mito juega con la paradoja de la dominación masculina y la dependencia masculina de la ayuda femenina" (1.967: 91). "sí, la intuición, junto a la perspectiva teórica que se adopte, tiene un papel fundamental en el análisis, lo cual no quita para que sus resultados deban ser presentados de tal modo que después sean susceptibles de ser contrastados, esto es, para que sus resultados deban ser objetivados. Una intuición que, por otro lado, no concibo en absoluto como algo cercano o similiar a la 'inspiración divina' de los místicos o poetas, sino más bien como una síntesis de toda la experiencia y de todos los saberes del investigador, incluídos sus rasgos temperamentales y emocionales, de ahí que sea importante que tal experiencia y tales saberes sean lo más amplios posible, y de ahí también que el análisis sea una de las operaciones más difíciles de llevar a cabo, principal -aunque no exclusivamente-, para los investigadores noveles.
En cuanto a la segunda cuestión que he planteado, a las implicaciones metodológicas que tiene la distinción entre las diferentes dimensiones del discurso, comenzaré diciendo que no es lo mismo, para poner unos casos, utilizar el discurso para reconstruir el tipo de conflictos familiares que se dan más frecuentemente dentro de los grupos campesinos tarraconenses, que para conocer cómo interpretan esos campesinos tales conflictos y qué sentimientos muestran ante ellos, o para ver de qué modo el discurso sobre la unidad de la casa afecta a sus comportamientos. En el primer caso, nos interesa la dimensión referencial del discurso, es decir, nos interesa el discurso tan sólo en cuanto hace referencia a una realidad extradiscursiva, a unos hechos o acontecimientos a los cuales se refiere, mientras que en los otros dos casos, el discurso tiene interés en sí mismo en cuanto acción discursiva: bien por ser producto de una subjetividad que tiene una sociogénesis determinada (en el caso de la dimensión expresiva), o bien por tener capacidad de producir o inducir conductas y procesos acordes con él (en el caso de dimensión pragmática). En otro lugar (Jociles 1.999: 19 y ss.), ya he hablado de cómo la distinción entre las diferentes dimensiones del discurso tiene importantes consecuencias en los procesos de producción del mismo. Así, allí hago hincapié en que el interés por una u otra dimensión implica el tener que adoptar estrategias distintas a la hora de moderar las entrevistas, del mismo modo que supone que la búsqueda del muestreo y de la saturación teóricas encuentre fundamentos y justificaciones también diferentes. Ahora lo que deseo destacar aquí es que la distinción entre estas dimensiones tiene asimismo implicaciones metodológicas en el ámbito del análisis:
1)En primer lugar, considero que el hecho de que el investigador se interese por la dimensión expresiva o, por el contrario, por la dimensión pragmática, le exige el tener que relacionar las propiedades del discurso con aspectos diferentes del contexto, interaccional y/o estructural, en que el discurso se ha producido: si el investigador se ocupa de la dimensión expresiva, lo fundamental es que relacione esas propiedades con el ethos sociocultural de los sujetos o grupos que lo enuncian, mientras que si se ocupa de la dimensión pragmática, el énfasis recae en captar los efectos que ese discurso ocasiona en los receptores y, entonces, no puede olvidar vincular las propiedades del mismo con el ethos sociocultural de los sujetos o de los grupos a los cuales se dirige.
2) La segunda implicación metodológica de esta distinción entre las diferentes dimensiones del discurso consiste en que no todas las técnicas de análisis son igualmente adecuadas - desde mi punto de vista- para estudiar cada una de ellas. No tiene excesivo sentido aplicar un análisis retórico si lo que importa es la dimensión referencial, esto es, informarse sobre los hechos y acontecimientos a los que se alude. Es más, aquí podrían ser más idóneas técnicas que habitualmente no se identifican como de análisis del discurso, tales como la inducción analítica de Denzin o Lindesmith, que supondría la puesta a prueba de una hipótesis sobre aquellos hechos o acontecimientos, pero buscando expresamente casos que la nieguen o que obliguen a replantearla; como el método de comparación constante tal como es definido por Glaser y Strauss y es usado por ellos mismos para estudiar -a través principalmente de las entrevistas sobre el tema- el comportamiento del personal sanitario de los hospitales con los enfermos terminales; o como el análisis clasificatorio, del que nos habla, por ejemplo, Pujadas en su trabajo sobre las biografías, y que estribaría básicamente en la clasificación de la información según criterios diversos, como pudieran ser los criterios temáticos o los criterios cronológicos. Por lo que se refiere a otras técnicas, a aquéllas (como el análisis metaforológico, el análisis formal de la narración, el análisis estructural, el cuadrado semiótico o el análisis componencial) que comúnmente se identifican -junto al análisis retórico- como técnicas de análisis del discurso, son aplicables al estudio de cualquiera de sus tres dimensiones, aunque -en principio- se presenten como especialmente adecuadas para el tratamiento de las dimensiones expresiva y pragmática. De hecho, buena parte de ellas han sido empleadas para analizar fenómenos extradiscursivos. Un ejemplo claro lo tenemos en el varias veces mencionado Lévi-Strauss, quien recurrió al análisis estructural para estudiar los discursos míticos, pero también una institución social como la del avunculado, como se puede apreciar en un artículo suyo que publicó en 1945 en el revista Word, donde rebate la concepción de esa institución brindada tiempo antes por Radcliffe-Brown. Y otro ejemplo lo tenemos en la utilización heterodoxa que un francés, Floch (1.993), ha hecho hace pocos años del cuadrado semiótico como base para elaborar una tipología de los comportamientos de los usuarios del metro parisino. Ahora bien, cuando al investigador le interesa la dimensión referencial, debe tener claro que lo que somete a análisis son los fenómenos referidos por el discurso, y no el discurso en sí; hará un análisis estructural o semiótico, p.e., de esos fenómenos tal como son relatados, no un análisis estructural o semiótico del propio relato. Es más, la aplicación de estas técnicas lleva a tratar dichos fenómenos como su fueran textos, en asimilarlos a los fenómenos lingüísticos, tal como sostuvieron expresamente tanto Lévi-Strauss como los semióticos estructuralistas. Y podríamos continuar buscando estudios que se hayan servido del mismo modo del análisis metaforológico o del análisis componencial, pero prefiero pasar a considerar cómo se usan esas y otras técnicas para analizar las dimensiones expresiva y pragmática.
Sin embargo, antes de emprender la tarea debo hacer de nuevo dos puntualizaciones. La primera es que voy a presentar únicamente la fundamentación teórica y las pautas de procedimiento de algunas de esas técnicas, en concreto, del análisis metaforológico (para lo cual he acudido principalmente a la obra de Lakoff y Johnson 1.991), el análisis retórico de las argumentaciones (para lo que he consultado una obra mencionada por Ibáñez, la de Perelman 1.989], el análisis retórico de los tropos y el análisis retórico de los tópicos. Con respecto a las otras técnicas de análisis del discurso, aquí señalaré únicamente el papel que pueden cumplir dentro de los procesos específicos de análisis, pero sin entrar a describirlas. La segunda puntualización es que, para hablar de esas técnicas, voy a acudir a la propuesta analítica de Jesús Ibáñez, tal como la muestra en el libro que le editó Siglo XXI en 1.979 recogiendo el grueso de lo que había sido su tesis doctoral. Pero )por qué acudir a ésta y no otras?. Los motivos que me han movido a ello son varios, y entre ellos voy a destacar los siguientes:
1) En primer lugar, la propuesta de Ibáñez puede ser considerada como una relación sistemática de los aspectos del discurso en los que el analista debe fijarse, admitiendo en su seno -en mi opinión- el uso de técnicas diferentes para el análisis de cada uno de esos aspectos, entre ellas las empleadas habitualmente por los antropólogos. Y como tal esquema expositivo lo voy a utilizar, insertando en él las aportaciones que, en este ámbito, han hecho tanto antropólogos como otros científicos sociales.
2) En segundo lugar, es la propuesta analítica -entre las que yo conozco (claro está)- que exige tomar en consideración un mayor número de aspectos, y muy diversos, del material discursivo, que exige abordarlo desde muchas de sus facetas. En concreto, pide que se preste atención a sus estructuras elementales (tanto manifiestas como latentes), a los argumentos que esgrime, a las figuras literarias o, para mencionar una sola cosa más, a los símbolos y los valores a los que apela. Sin duda, estos aspectos han sido ya señalados por otros autores como significativos para el análisis, pero lo interesante de la propuesta ibañiana no es su originalidad o falta de originalidad, sino -como he dicho- la sistematicidad y la amplitud de miras que exige al investigador.
3) En tercer lugar, es una propuesta analítica de carácter holístico, en cuanto no olvida encaminar la mirada -como después veremos- hacia la relación del discurso con el contexto en que se produce.
4) En cuarto lugar, hay que destacar su aplicabilidad a escala interdisciplinar, lo que es congruente con el afán interdisciplinar que estuvo en su origen. De hecho, Ibáñez lo que hizo fue integrar en un solo corpus teórico-metodológico el legado de diferentes disciplinas y corrientes de pensamiento; entre ellas, por supuesto, el psicoanálisis (en especial, en lo que se refiere a su teoría del síntoma), la lingüística estructural de Saussure y Jakobson, la retórica clásica, sobre todo en su reformulación moderna por parte de autores como Dubois, la semiótica de Barthes y Greimas, la etnografía del habla de antropólogos como Dell Hymes, que le lleva a conceder un papel fundamental al contexto interaccional en que se enuncia el discurso, la socioantropología de Bourdieu, de quien recoge varias tesis, y -para terminar con esta relación de las corrientes de pensamiento que compendia en su propuesta analítica- hay que mencionar la antropología de Lévi-Strauss, cuya influencia se deja sentir incluso en el lenguaje que utiliza (el hablar de 'estructuras elementales' del discurso es sólo una prueba más de ello).
6)Por último, estimo que la propuesta de Ibáñez es especialmente adecuada para el análisis de la 'eficacia simbólica', de la dimensión performativa del discurso. Si es verdad -como se puede afirmar parafraseando a Bourdieu (1.985)- que 'todos los esfuerzos por hallar el principio de la eficacia simbólica.. están y estarán condenados al fracaso mientras no establezcan la relación entre las propiedades internas del discurso, las propiedades de quien lo pronuncia y las propiedades del contexto en que es pronunciado', entonces, el esquema de análisis brindado por Ibáñez es, como he señalado, uno de los más idóneos para el estudio de esa eficacia simbólica, puesto que los diferentes niveles de análisis que propone tienen como propósito justamente conocer todas esas propiedades y las relaciones entre ellas.

II: Los niveles de análisis
Retomando la nomenclatura empleada por Dubois en su Retórica General, Ibáñez establece un análisis del discurso a tres niveles:
1) El primer nivel es el nuclear, así llamado porque consiste en la captación de los elementos nucleares y de las estructuras elementales del material discursivo (es, por tanto, un análisis de las propiedades internas del discurso).
2) El segundo nivel es el que denomina autónomo, y estriba en descomponer el material discursivo en diferentes discursos o textos que se puedan relacionar con distintos 'ethos' de clase, edad, género, subcultura o, por ejemplo, credo político (es, por consiguiente, un análisis de la relación de las propiedades internas del discurso con las propiedades de quienes lo pronuncian y/o de quienes lo reciben].
3) Y el tercer nivel es el sýnnomo o total, a través del cual se recupera la unidad del material discurso, que antes había sido diseccionada y descompuesta en los dos niveles anteriores (se trata, así, de analizar e interpretar la relación dialéctica entre los discursos, cómo los discursos se constituyen mutuamente entre sí, así como la relación de esos discursos con el contexto sociocultural del que forman parte).

III: Nivel nuclear de análisis
En el primer nivel de análisis, el nuclear, se trata -como se ha indicado hace un momento- de hacer que se manifiesten, de poner en evidencia los elementos nucleares del material discursivo. Unos elementos nucleares que -tanto para Ibáñez como para los representantes de la Nueva Retórica- son ante todo elementos o estructuras de verosimilitud, esto es, los elementos mínimos del discurso que simulan su verdad, que lo hacen aparecer como verdadero. En la comunicación, -nos dice (1.979: 334)- la realidad translingüística es suplantada por el lenguaje, no siendo la verosilimitud otra cosa que sus efectos de realidad. Pero, (ojo!, no se pide que el investigador tenga que dedicarse a comprobar si el discurso o algunos de sus enunciados son verdaderos o falsos, no se pide -por consiguiente- que tenga que embarcarse en una tarea de puesta a prueba de tales enunciados. Cuando estudia las dimensiones expresiva o pragmática, la verdad de éstos no tiene que preocuparle especialmente, pero debe tener en cuenta que sí preocupa a los agentes sociales y que de la apariencia de verdad del discurso va a depender en última instancia su capacidad pragmática, su capacidad de producir efectos prácticos. Desde este punto de vista, el investigador debe prestar atención a la manera en que el discurso intenta aparecer como verdadero, a los elementos de verosimilitud de que se reviste.
Siguiendo esta vez a Fages (1.968), en concreto una obra suya traducida al castellano en 1.971 bajo el título de El estructuralismo en proceso, Ibáñez establece -a nivel nuclear- el análisis de cuatro formas de verosimilitud, cuatro formas a través de las cuales el discurso intenta simular la verdad: la verosimilitud referencial, la verosimilitud lógica, la verosimilitud poética y la verosilimitud tópica (vide figura 2).

III.1. La verosimilitud referencial
Una de las formas de verosimilitud que hay que analizar a nivel nuclear es, por tanto, la verosimilitud referencial, que se inscribe -como afirma Ibáñez (1.979), pero también Holland y Quinn (1.987),v.g.- en el ámbito de las relaciones del discurso con el mundo. El discurso clasifica, ordena, da coherencia y estructura las cosas del mundo; unas cosas que retiene cognitivamente constituyendo modelos conceptuales, y que el investigador puede poner en evidencia bien en forma de esquemas clasificatorios, bien en forma de oposiciones binarias de carácter paradigmático o bien en forma de metáforas. Nos encontramos, de este modo, con que analizar la verosimilitud referencial significa adentrarnos en los modos de análisis característicos de la antropología cognitiva, tomando esta expresión -eso sí- en un sentido tal vez muy amplio, que comprenda tanto las investigaciones sobre los modelos conceptuales como las que se han efectuado sobre la relación de éstos con el ámbito de las prácticas sociales. Ello es lo que explica que bastantes de las técnicas analíticas utilizadas por los antropólogos cognitivos -como el análisis estructural o como el análisis componencial, por ejemplo- sean trasladables al estudio de la verosimilitud referencial. Hay que insistir aquí, por otro lado, -aunque suene a algo muy sabido- en que esos modelos conceptuales de los que estamos hablando no son sólo formas a partir de las cuales se concibe un mundo o se concibe una realidad ya clasificada y organizada, sino sobre todo formas que contribuyen a constituir ese mundo o esa realidad; primero, porque la clasifican y la organizan a nivel cognitivo y, segundo, porque son también modelos de percepción, de valoración y de acción, mediando así en los comportamientos, en las prácticas de los agentes sociales. De suerte que la capacidad del discurso para provocar cambios en tales comportamientos (de provocar efectos perlocutorios, si usamos la terminología de la segunda teoría de Austin sobre los actos del habla) pasan generalmente por lograr previamente cambios en los modelos conceptuales, esto es, en las cosmovisiones, en las percepciones y en las valoraciones sobre un determinado fenómeno social.
Aunque esto último ha sido desarrollado principalmente por los teóricos de las metáforas estructurales, considero que la misma capacidad que tienen éstas para provocar cambios en los comportamientos se puede predicar igualmente de los esquemas clasificatorios de los etnosemánticos o de las oposiciones binarias de los estructuralistas y semióticos, si bien -para ello- habría que integrar esos esquemas o esas oposiciones dentro de sistemas teóricos que conciban la relación entre modelos conceptuales y prácticas sociales de una manera más compleja y dinámica de lo que lo suelen hacer los etnosemánticos, los estructuralistas o los semióticos. Los etnosemánticos, por ejemplo, piensan que los modelos conceptuales orientan la conducta, pero por lo general se limitan a postular que las reglas que ellos descubren en el lenguaje son las reglas que rigen prescriptivamente la mente y, a través de ella, la conducta, pero no consiguen hacer comprensible cómo se produce ni una cosa ni la otra. Y en cuanto a Lévi-Strauss, cuando -en el capítulo IV de El pensamiento salvaje- intenta defender que el análisis estructural tiene valor sociológico, asegura que la relación de la vida con el discurso mítico es dialéctica; es decir, que no sólo es dialéctica la estructura de la realidad -por una parte- y la estructura del mito -por otra-, sino también la relación de la primera con la segunda. Esto, sin duda, podría entenderse como que afirma la existencia de un proceso de retroalimentación entre el mundo del discurso y el mundo de las prácticas sociales, de suerte que los cambios en las estructuras de uno afectarían a las estructuras del otro y viceversa, que es lo más tarde mantendrán Lakoff y Johnson con respecto a las metáforas. Pero los análisis que Lévi-Strauss emprende de discursos míticos concretos, incluso en aquel mismo capítulo que he citado de El pensamiento salvaje, no responden a esa posible interpretación, ya que se restrigen a desarrollar la idea de que el discurso mítico refleja la dialéctica social, lo que -en mi opinión- supone una simplificación excesiva y un empobrecimiento de las potencialidades que encerraban sus planteamientos iniciales; un empobrecimiento tal vez debido al hecho de que Lévi-Strauss, por diferentes razones, no llegó a observar las prácticas sociales de los pueblos cuyos discursos míticos analizó y, por tanto, menos aún a apreciar las complejas relaciones que se establecen entre unas y otros.
La verosimilitud referencial, los modelos conceptuales, -como he dicho- se pueden captar en forma de metáforas, y una de las técnicas de análisis de tales modelos más ricas, y que posibilitan -a mi parecer- unas interpretaciones más dinámicas, es el análisis metaforológico. En este caso la bibliografía fundamental está constituida por obras como la -ya mentada-Metáforas de la vida cotidiana de Lakoff y Johnson (1.991), "The Fabric of Metaphor in Kant,s Critique of Pure Reason" de David Tarbet (1.968), La metáfora viva de Paul Ricoeur (1.980).., sin olvidar, por supuesto, las que ha dedicado al tema el profesor James Fernández (1.991). Estos autores, entre otros, tratan de mostrar la insuficiencia de la idea ingenua según la cual la metáfora no es más que un elemento retórico añadido al discurso, y que se podría eliminar fácilmente sustituyéndola sin más por un enunciado no metafórico. Para ellos, en cambio, conviene identificarla con una estructura permanente e indispensable de la comprensión humana, cuya función primaria es la comprensión de una cosa en términos de otra, y mediante la cual captamos figurada e imaginativamente el mundo. Aquí -para seguir avanzando en la exposición- podemos distinguir, con David Tarbet (1.968), entre metáforas estructurales y metáforas ilustrativas. Las metáforas ilustrativas son recursos retóricos que se utilizan explícitamente, expresamente, para explicar o para aclarar determinadas ideas y determinados puntos de vista (y, así, serían elementos de la verosimilitud poética o de la verosimilitud lógica -según los casos-, pero no de la verosimilitud referencial); mientras que las metáforas estructurales, que suelen permanecer implícitas en el discurso (es decir, al margen de las argumentaciones y al margen de los juegos con los significantes), desempeñan un papel mucho más importante en la constitución del mismo.
Lakoff y Johnson (1.991) trabajaron sobre todo el tema de las metáforas estructurales. Propiamente, ellos no proponen un procedimiento analítico de las metáforas, pero de las principales proposiciones de su obra puede fácilmente extraerse, deducirse, un guión para el análisis metaforológico. Esas proposiciones son las siguientes:
A) Primero, insisten en que las metáforas estructurales -como he repetido- estructuran la realidad, de modo que se piensa en ella, se describe y se ejecuta en términos metafóricos: "Son -nos dicen- metáforas mediante las que vivimos" (p. 95). Para detectar esas metáforas, para localizarlas, sugieren que nos fijemos en las palabras y expresiones que se utilizan. Así, en un discurso donde se hable sobre un debate intelectual, es muy probable que hallemos expresiones como éstas: 'Sus afirmaciones eran indefendibles', 'Intentó atacar los puntos débiles de mi argumento', 'Pero así y todo conseguí destruir todos sus planteamientos', 'Nunca le habían vencido en una discusión', 'Como usó una mala estrategia, esta vez lo aniquilé', etc. Todas las cuales evidencian que el debate intelectual es concebido habitualmente en términos bélicos, que la metáfora que lo estructura es la metáfora de la guerra. Y lo hacen porque la red conceptual de la metáfora de la guerra organiza el concepto que se entiende en sus términos, y el lenguaje le sigue la corriente; la red conceptual de la metáfora de la guerra se establece como isomórfica de la red conceptual del debate intelectual, y las palabras no hacen sino transparentar ese isomorfismo. Es más, si nadie pierde o gana, si no existe en la situación que observamos el sentido de atacar o de defender, de ganar o de perder terreno, no percibimos esa situación como un debate.
Guillermo RENDUELES, profesor de psicopatología de la Universidad de Oviedo, en un artículo que publicó en "El País" el 14 de marzo de 1.991, sostiene que las representaciones sociales existentes en nuestra sociedad sobre la enfermedad mental tienen un papel de primera magnitud en el éxito o fracaso de los programas de inserción de los enfermos mentales. La representación social de la enfermedad mental -nos asegura- es una metáfora: la de la máquina estropeada a la que precisamente le fallan los mecanismos de control. El cuerpo humano se entiende como una máquina, con parámetros exactos (la temperatura o la tensión arterial, por ejemplo, que no pueden sobrepasar unos límites fijos), que no tolera pérdida de fluídos (de ahí la fatalidad con que se ven las hemorragias y los excesos) y que, por todo ello, exige una vigilancia continuada similar al mantenimiento del coche utilitario. Las máquinas que dejan de obedecer a su centro de control, que reaccionan imprevisiblemente, son concebidas como un incordio social que deben permanecer en el 'taller'(en el psiquiátrico, en este caso) hasta que estén completamente reparadas. La metáfora de la máquina estropeada a la que le fallan los mecanismos de control no está sólo en las palabras que usamos (palabras como 'le falta un tornillo', 'es irrefrenable', 'no puede dirigirse a sí mismo', etc.), sino que se encuentra en nuestro concepto mismo de enfermedad mental y, por tanto, en nuestro modo de pensar, sentir y actuar ante ella.
B) Por otra parte, Lakoff y Johnson subrayan que esa estructuración de la realidad es sólo parcial, y lo es -además- en un doble sentido. Primero, porque la misma metáfora que nos permite comprender algunos aspectos de un concepto en términos de otro nos oculta otros aspectos del mismo concepto que son inconsistentes con ella. Siguiendo con el ejemplo de la metáfora bélica que hemos visto hace un momento, ésta nada nos dice de por qué la discusión intelectual es una guerra pacífica, por qué no hay muertes físicas o por qué se usan argumentos, testimonios y pruebas en lugar de tanques o bombas. Dado que ninguna metáfora es suficiente para proporcionarnos una comprensión completa de todos los aspectos de un concepto, solemos utilizar otras metáforas para comprender esos otros aspectos. Así, determinadas facetas de la discusión intelectual, como las que hemos mentado antes, al no ser comprensibles mediante la metáfora bélica, puede que se intenten explicar mediante otra metáfora, como pudiera ser una metáfora jurídica, que llevara a entender el debate intelectual asímismo como un proceso judicial. Por otro lado, la estructuración metafórica de la realidad es sólo parcial porque no todas las partes de una metáfora son usadas para estructurar el concepto. Lakoff y Johnson nos ponen esta vez el ejemplo de la metáfora 'la teoría es un edificio', pues las partes de ella que estructuran el concepto 'teoría' son los cimientos y el armazón externo del edificio, pero no otras partes posibles como el tejado o las ventanas.
3) En tercer lugar, estos autores hacen hincapié también en que las metáforas estructurales, para ser comprendidas y ser aceptadas, tienen que tener sus raíces en la experiencia física y cultural de las personas; es decir, que tiene que darse igualmente un cierto isomorfismo entre las bases experienciales de la gente con el término metafórico y las bases experiencias con el término que se comprende a través de él. Y este es un asunto que me parece muy importante para los análisis metaforológicos que se quieren integrar dentro de investigaciones sociogenéticas, esto es, dentro de investigaciones que aspiran a entender las razones -las razones subjetivas, en esta ocasión- por las cuales no todas las metáforas consiguen introducirse dentro de sistemas cognitivos específicos, por qué no todas las metáforas alcanzan a estructurar la percepción, la valoración y la actuación en un ámbito concreto de la realidad. Metáforas como 'la drogadicción es una enfermedad' -para poner un caso-, a pesar de su persistente divulgación a través de las campañas institucionales de sensibilización ciudadana, no han logrado ser aceptadas en nuestra sociedad por buena parte de la población, precisamente porque no han conseguido entroncarse con sus bases experienciales, en este caso, con sus bases experienciales en el ámbito de la drogadicción y en el ámbito de la enfermedad. Para mucha gente, los enfermos son personas pacíficas, personas que procuran salir y superar su enfermedad por todos los medios posibles, y se muestran agradecidas hacia quienes los cuidan y les proporcionan esos medios; una experiencia cultural que no encaja muy bien con la imagen que se han forjado de los drogodependientes que han conocido o con los cuales han tratado.
4) Y, finalmente, Lakoff y Johnson hablan de las metáforas de nueva creación, a las que denominan metáforas creativas, y que -como ellos aseguran- pueden proporcionarnos una nueva comprensión del mundo. Ponen como ejemplo la diferente concepción que tendríamos de lo que son 'los problemas personales' si en lugar de entenderlos según la metáfora convencional que -para ellos- es la del rompecabezas, los entendiéramos mediante una nueva metáfora que podría ser una metáfora química. Según la metáfora del rompecabezas, los problemas personales tienen una solución que, con esfuerzo y con el tiempo, se puede encontrar, y con ella desaparecen. En cambio, si se utilizara una metáfora química, los problemas no serían susceptibles de desaparecer, sino que se disolverían apareciendo después en un nuevo estado. Una nueva metáfora altera nuestro sistema conceptual, y así altera nuestras percepciones, nuestras valoraciones y nuestras acciones: cuando las metáforas consiguen -como he señalado antes- conectar con nuestra base experiencial (ya sea física o cultural), darle sentido y coherencia, pueden conducir nuestras actividades futuras de acuerdo a ellas: puesto que esas metáforas (como las convencionales) sancionan acciones, justifican inferencias y ayudan a establecer fines (1.991: 184). De ahí, el interés de cambiar la metáfora 'la drogadicción es un vicio' por la de 'la drogadicción es una enfermedad', pero de ahí también la dificultad para cambiarla: no es de ningún modo sencillo cambiar las metáforas estructurales, pues una parte importante de nuestra actividad cotidiana está estructurada por ellas.
Lakoff y Johnson no abordan directamente el tema, fundamental -desde mi punto de vista- dentro de la Antropología, de cuáles son las condiciones (esta vez, estructurales) en que las metáforas pueden ser sustituidas por otras, cuáles son las condiciones que facilitan o dificulta el cambio metafórico. Sin embargo, ciertas afirmaciones suyas permiten asimismo sacar inferencias a este respecto. La primera es que la capacidad de cambio metafórico depende en buena medida de la posición de poder de quienes lo proponen o de quienes lo inician.Y la segunda inferencia es que ese cambio metafórico encuentra mayores condiciones de posibilidad cuando varían las experiencias, cuando varía la realidad y, por tanto, las antiguas metáforas pierden capacidad de estructurarla. Así, para redondear el análisis metaforológico, y si se detectan metáforas nuevas, tendríamos que poner en evidencia: a) cómo alteran el sistema conceptual; b) qué acciones sancionan; c) qué fines ayudan a establecer y qué deducciones justifican; d) cuáles son las posiciones de poder desde las que se imponen; e) y, por último, cuáles son las condiciones socioculturales concretas que facilitan y/o dificultan su imposición, es decir, ese cambio metafórico.
Pero -sumándome a lo que dice David Tarbet en su estudio sobre las metáforas elaboradas por Kant-, estimo que el análisis metaforológico, por muy rico que sea (como les ocurre también al análisis componencial, al estructural o al cuadrado semiótico), no pueden servir para dejar de lado la consideración de las argumentaciones, de los argumentos que explícitamente se despliegan en el discurso. Y con esto entramos en el análisis del segundo tipo de verosimilitud: la lógica.

III. 2: Verosimilitud lógica
La verosimilitud lógica -declara Ibáñez (1.979)- es el arte de persuadir, es el arte de encadenar los significados ocultando el encadenamiento, operando mediante el razonamiento y la argumentación en el plano ideológico del discurso. Pero )cuál es el efecto práctico de la argumentación, de la verosimilitud lógica?. Si en el caso de los modelos conceptuales, de la verosimilud referencial, ese efecto consistía en organizar, en estructurar, un ámbito concreto de la realidad, en el caso de los argumentos, el efecto práctico más inmediato es -siguiendo al mismo autor- la amputación de la facultad de razonar de los individuos atándolos a la lógica propuesta por el discurso. Hay, ciertamente, otros tipos de verosimilitud lógica que no encadenan mediante el razonamiento, sino mediante la promesa, p.e., pues ligan el comportamiento futuro a una decisión del pasado, o mediante la probabilidad, pues hacen depender una decisión presente de lo que se piensa que es más probable que ocurra en el futuro. Sin embargo, aquí voy a centrarme en el plano de las argumentaciones y los razonamientos, para cuyo estudio puede ser de gran utilidad el análisis retórico de la argumentación, uno de cuyos máximos exponentes es Perelman, fundador de la denominada Escuela Belga de La Nueva Retórica, y autor de una obra de 1.958 que se titula precisamente Tratado de la argumentación.
Para Perelman (1.994/1.958: 91), el objetivo pragmático de toda argumentación es provocar la adhesión a las tesis presentadas o bien crear en los receptores una predisposición que se manifestará en el momento oportuno; un objetivo que, en contra de lo que plantea la lógica formal, sólo se podrá lograr si la argumentación se adapta a las características y a las cosmovisiones del auditorio, de los receptores. Eso significa que, a la hora de analizar la verosimilitud lógica, el investigador debe al menos: a) identificar y diferenciar los tipos de argumentos a los que se recurre; b) desentrañar la forma en que esos argumentos 'encadenan' los significados y 'ocultan' a la vez los encadenamientos; c) captar las predisposiciones que se intentan crear en los receptores; d) y, finalmente (aunque sea adentrarse ya en el nivel autónomo de análisis), conectar esos argumentos con las características del auditorio al que se dirigen. Por otra parte, Perelman -en la obra que he citado antes- distingue casi un centenar de tipos diferentes de argumentos; tantos que, de entre todos ellos, he entresacado sólo cuatro para mostrar qué puede dar de sí el análisis retórico de las argumentaciones: los argumentos de confrontación, los de reciprocidad, los de comparación y, finalmente, los basados en relaciones de contigüidad entre fenómenos.
1) El primer tipo de argumentos que he mencionado se basa en la confrontación entre enunciados, que está orientada a mostrarlos como idénticos o bien como incompatibles. En cualquier caso, estos argumentos afirman la existencia de circunstancias que hacen inevitable la elección entre tales enunciados. Uno de ellos es el llamado dilema suspensivo, sobre el cual tomo un ejemplo de Ibáñez, quien lo entresaca de los discursos que a menudo se dirigen a la clase obrera; dice así: "O no suben los salarios, o suben y hay inflación". Como se ve, según esta modalidad de argumentación, cualquiera de los dos enunciados enfrentados produce la misma conclusión, puesto que la acción a favor de uno de ellos supone paradógicamente la consecución de su contrario, de modo que el dilema suspensivo intenta predisponer a la audiencia a no hacer nada, a no movilizarse, a dejar las cosas como están. Otro argumento de confrontación es el conocido como la tercera solución; y para ilustrar tanto éste como el resto de los que voy a exponer, extraeré un caso referido a los discursos riojanistas procedente de mi propio material de campo: "Los conservadores quieren que sigamos incluidos en Castilla, los del PSOE, que nos integremos en el País Vasco; nosotros proponemos recuperar nuestra identidad". Lo que se hace, por tanto, es mostrar como deseable una postura intermedia entre enunciados que se presentan como extremadamente contrapuestos, induciendo así a los receptores a adoptar conductas moderadas.
2) Por su parte, los argumentos de reciprocidad pretenden aplicar el mismo tratamiento a dos situaciones presentadas como simétricas. "Si para los castellanos es honroso procurar por su integridad territorial, para nosotros -recalcaban los riojanistas del periodo 1.978/82- lo es intentar que se nos reconozca como riojanos". Lo que persiguen es, sin más, conseguir la adhesión a las tesis sustentadas por el discurso.
3) En cuanto a los argumentos de comparación, nos dice Perelman que un procedimiento eficaz para provocar la adhesión o el rechazo hacia una persona o hacia una acción consiste en compararla con alguien o con algo muy valorado o, por el contrario, muy despreciado. Un ejemplo claro es el siguiente: "Nuestra negativa a integrarnos en el País Vasco -decían también los riojanistas- no es diferente a la negativa de los héroes de la Independencia a depender de los franceses".
4) Y, por último, están los argumentos que se basan en las relaciones de contigüidad entre fenómenos. Uno es el que consiste en la construcción de una totalidad por medio de indicios: "Hablan en vasco entre ellos -declaraban algunos informantes de La Rioja- , tienen la ikurriña en sus casas del pueblo: los vascos no respetan nuestra identidad riojana". Aquí lo que se busca es, como se puede apreciar, que se admita una idea partiendo de la aceptación previa de hechos o de indicios que parecen apuntar a ella. Y otro argumento del mismo tipo es el de la transferencia de valor entre la causa y el efecto: "Del siglo XVII es fray Mateo de Anguiano -se aseguraba en un periódico regional- que describía La Rioja desde Montes de Oca hasta Ágreda, aunque sin atreverse a traspasar la barrera política del reino de Castilla, para incluir a la Rioja Norte, la de la Sonsierra..". Un argumento que -como es fácil de detectar- trata de valorizar o desvalorizar algo (en este caso, valorizar la revindicación riojanista de extender las fronteras de la región hasta las provincias limítrofes) poniendo de manifiesto su relación con un antecedente o con un consecuente ya valorizado o desvalorizado (en este caso, con un antecedente ilustre: fray Mateo de Anguiano).
Y podríamos enumerar otros tipos de argumentaciones, como el argumento de los medios (que pretende hacer deseable un fin presentando como fácilmente accesibles los medios para llegar hasta él) o como el argumento del despilfarro (que intenta que se continúe actuando en una dirección determinada, razonando que el no hacerlo convertiría en inútiles los esfuerzos ya realizados)...; sin embargo, creo que los tipos que he comentado dejan ver en qué puede estribar el análisis de la verosimilitud lógica, y también cómo hay que enfocarlo cuando se desea estudiar la dimensión pragmática del discurso, su capacidad para provocar efectos en las prácticas de los receptores. Y de este modo podemos pasar a considerar el análisis de otra de las formas de verosimilitud: la verosimilitud poética.

III.3:Verosimilitud poética
El análisis de la verosimilitud poética consiste en estudiar los tropos o figuras literarias, a las que pertenecen las metáforas ilustrativas de las que anteriormente nos hablaba Tarbet. Y si lo verosímil lógico -el arte de persuadir- se despliega en la posición ideológica del discurso, lo verosímil poético -el arte de conmover- se despliega, en cambio, en la posición mito-poiética del mismo. Siguiendo de nuevo a los autores de la Retórica general, Ibáñez nos asegura que el núcleo de una figura literaria es una desviación a partir de un grado cero, del grado cero del código, por ello insiste en presentar la verosimilitud poética como una reflexión del lenguaje sobre sí mismo, como un juego con los significantes. Metonimias, metáforas ilustrativas, antífrasis (mediante las que se quiere afirmar justo lo contrario de lo que se dice), alegorías (a través de las cuales un término o una expresión refiere a un significado oculto y más profundo), hipálages o aliteraciones, para nombrar únicamente unas cuantas figuras literarias, no son sino alteraciones del código que añaden connotaciones significativas a los vocablos o a las expresiones originales. Las figuras literarias, al igual que los argumentos lógicos, buscan la adhesión de los receptores a una determinada idea pero acudiendo no a su capacidad de raciocinio, de encadenarse a una lógica discursiva, sino a su capacidad de emocionarse, de conmoverse.
El análisis retórico de los tropos sería, por tanto, la técnica de análisis aplicable al estudio de la verosimilitud poética, del arte de conmover. Y ejemplos de su aplicación dentro de la Antropología los encontramos, para empezar, en las deconstrucciones que Geertz y, ya antes, sus discípulos postmodernos hicieron de las etnografías clásicas, si bien es verdad que tampoco dejaron de hacer incursiones en los otros tipos de verosimilitud; y otro nos lo proporciona el profesor Carmelo Lisón en su estudio sobre el discurso aragonesista de Gauberto Fabrizio de Vagad, donde desarrolla un amplio análisis de las figuras literarias utilizadas por este religioso aragonés para conmover a sus lectores ante el glorioso pasado del Reino de Aragón y la lastimosa situación en que se halla tras su unión con la Corona Castellana. Pondré como último ejemplo un nuevo fragmento de los discursos riojanistas que yo misma investigué; en este caso, de uno cuyo principal propósito estriba en que la comarca de Cameros, que se había mostrado reticente a ello, acepte el nombre que se ha propuesto para la región (el de Rioja) y, por tanto, para que admita sin reticencias su pertenencia a ella. Dice así:
"Cameros [se dice] es Rioja, incluso cuando el centralismo borbónico [Felipe V] se inmiscuya en la región natural, destruyendo la unidad y dividiendo el territorio entre las provincias de Burgos y Soria, creadas por Felipe V. Y cuando en 1.821, durante el trienio constitucional, se constituye la provincia de La Rioja, que ya ha existido, que no es una entelequia, que ha tenido realidad histórica previa, los Cameros se incorporaron [totalmente a La Rioja] sin desdoro y sin resquemores a La Rioja total, por primera vez unida y única" (Nueva Rioja, editorial del 11 de abril de 1.978; el subrayado es mío).
Si uno se fija con atención, podrá notar que este discurso intenta ganar en capacidad pragmática al introducir connotaciones significativas a través principalmente de dos figuras literarias: por una parte, una perífrasis (la de centralismo borbónico, que sustituye aquí el nombre de Felipe V), y que consigue presentar la antigua pertenencia de Cameros a la provincia de Soria como algo negativo, como fruto de la arbitrariedad política de gobiernos despóticos, desconocedores -por su lejanía- de la realidad riojana; y, por otra parte, una hipálage, que consiste en asociar un adjetivo o un adverbio correspondiente a un vocablo de la oración a otro vocablo de la misma (aquí, el adverbio totalmente, que sería -según el grado cero del código- un modificador del verbo 'se incorporaron', se convierte en un adjetivo que califica al sustantivo 'Rioja'), de manera que se logra presentar una imagen de La Rioja como una región que se ha mantenido en esencia unida a pesar de los avatares de la historia; una historia contingente, accidental, que no reconoce oficialmente esa unidad sino a partir del trienio liberal.
De este modo, lo interesante en el análisis de la verosimilitud poética es, entonces, no sólo detectar los tropos que se emplean para conmover (metáforas ilustrativas, metonimias, sinécdoques, aliteraciones, etc), sino también analizar qué modificaciones de significado introducen esos tropos o figuras literarias, es decir, qué cambios de significado ocasionan los juegos con los significantes.

III. 4: La verosimilitud tópica
A nivel nuclear, cabe -finalmente- estudiar la verosimilitud tópica, que estriba en apelar a los lugares comunes, a los valores que todos aceptan y a las configuraciones simbólicas hacia las cuales se siente previamente un fuerte apego. Unos lugares comunes, unos valores y unas configuraciones simbólicas que suelen variar -no lo olvidemos- según los estratos sociales, según los temas sobre los que se discute, según las situaciones sociales, según los lugares o según las épocas. Por ejemplo, hoy en día (no así en otras épocas pasadas, y menos aun en la Edad Media) se valora más -como recuerda Ibáñez- la razón que la autoridad, lo que hace que se apele manifiestamente a la primera frente a la segunda, pero ello no quita para que la segunda sea también un valor en ciertas situaciones y, por tanto, para que en ellas sea prescriptivo citar a autoridades reconocidas. De igual modo, se valora más lo nuevo (lo vanguardista) que lo viejo (lo tradicional), lo cual no excluye tampoco que, en determinados contextos, como pudiera ser el de los discursos étnicos, lo efectivo sea la apelación a la tradición, a lo que siempre se ha sido, a lo que siempre se ha tenido. El invocar a ciertos tópicos, a ciertos valores incuestionados y a ciertas configuraciones simbólicas constituye algo imprescindible en los discursos que pretenden ser eficaces, pues esas invocaciones tienen la virtud de producir el efecto de sociedad, de consenso, el efecto de que todos -hablantes y receptores- compartimos las mismas cosas y tenemos los mismos anhelos. Tal es así, por ejemplo, con la invocación 'al espíritu democrático' en los discursos políticos; con la invocación al 'nombre ´Rioja' en los discursos étnico-políticos riojanos del periodo de la transición española; con la invocación a 'la defensa de la llengua' en los discursos catalanistas; con la invocación a 'los centros de interés de los alumnos' en los discursos pedagógicos; con la invocación a 'la cualidad' sobre 'la cantidad' en los discursos metodológicos actuales de las cc.ss; con la invocación a 'los modelos procesualistas' en ciertos discursos antropológicos de los últimos años, o con la invocación a la 'Mare de Deu de la Fontcalda' en los pregones de fiestas de la ciudad tarraconense de Gandesa.
Lo que quiero subrayar a este respecto es que -en mi opinión- el análisis de la verosimilitud tópica tiene interés no sólo en sí mismo, esto es, no sólo para ver cómo se produce el efecto de consenso o el efecto de sociedad, sino también en cuanto constituye una condición imprescindible y necesaria para la efectividad de los otros tipos de verosimilitud. Es decir, pienso que la capacidad que tienen los paradigmas o las metáforas para organizar el mundo, la que tienen los argumentos para persuadir o la que tienen las figuras literarias para conmover dependen, en buena medida, de su poder para conectarse, implícita o explícitamente, con esos tópicos, con esos valores aceptados y esas configuraciones simbólicas. De ahí que, para efectuar el análisis de la verosimilitud tópica, haya que dedicarse a poner de manifiesto a qué tópicos, valores y símbolos invoca el discurso, pero también a calibrar de qué manera las otras formas de verosimilitud consiguen vincularse con esos tópicos, valores y configuraciones simbólicas.

IV: Nivel autónomo de análisis
Dejamos así atrás el primer nivel de análisis, el nivel nuclear, para entrar en lo que tanto Dubois como Ibáñez llaman el nivel autónomo. El material discursivo que tenemos en torno a un determinado tema -nos dicen- contiene una pluralidad de textos o una pluralidad de discursos, cada uno de los cuales tiene sus propios modos de producir la verosimilitud. El análisis a nivel autónomo estribaría, entonces, en despiezar ese material, en pluralizarlo, en descomponerlo en partes, cada una de las cuales tiene que ser homogénea en sí y heterogénea con respecto a las demás. Se trata, por otro lado, de un despiece que puede realizarse según diferentes criterios cuya relevancia nos será indicada por los objetivos específicos de la investigación. Podemos despiezar el material discursivo según la clase o estrato social al que pertenecen las personas que lo enuncian o las personas que lo reciben, pero también podemos hacerlo según el grupo étnico al que se adscriben, según el grupo de edad, según el género o según los tipos de posturas que mantienen sobre un determinado tema. Así, si nuestro tema de estudio es la representación social sobre la inmigración, obtendremos, el discurso radical, el discurso permisivo y el discurso conversador sobre la inmigración; el discurso de la clase obrera, el discurso de la clase media y el discurso de la clase alta..; o el discurso de los jóvenes, el discurso de los adultos y el discurso de la tercera edad sobre ese asunto concreto que estamos investigando. La pluralización del material discursivo, por tanto, no es una operación separada de la tipologización y del etiquetado, de la adjudicación de 'etiquetas' a cada una de las piezas. Ello, por supuesto, sin olvidar que si tipologizamos el discurso es para ver qué hay detrás de él, qué cosmovisiones, qué experiencias, qué intereses o qué motivaciones están en la base de cada una de sus diferentes formulaciones.
En mi opinión, para emprender el análisis a nivel autónomo, se pueden seguir dos caminos. Uno consiste en arrancar de los resultados del análisis nuclear, es decir, en agrupar bajo una misma etiqueta, bajo un mismo tipo, aquellos discursos que acuden a elementos parecidos de verosimilitud, lo que significa tipologizarlos según criterios internos del discurso: según las metáforas utilizadas, según su posicionamiento frente a los pares binarios que configuran su estructura o, para terminar, según los argumentos que utilizan. Después se trataría de ver con qué sectores poblaciones se corresponden cada uno de esos tipos. Éste es precisamente el camino que yo misma seguí en el estudio de los discursos étnicos de la Terra Alta, cuya tipología -elaborada a partir del cuadrado semiótico- está representada en la figura 4. Y el otro camino es justo el inverso; consiste en agrupar bajo un mismo tipo los discursos pluralizados según un criterio externo (el de la clase social, el del género o cualquiera de los otros que ya enumeré antes), para tratar de ver luego si en cada una de esas piezas discursivas cabe encontrar estrategias parecidas de lograr la verosimilitud, de lograr los efectos de verdad.
Ambos caminos analíticos son, desde mi punto de vista, perfectamente válidos. Pero en todo caso, el nivel autónomo (aunque suponga el tener que relacionar cada pieza discursiva con un 'ethos' sociocultural determinado) no deja de ser un proceso puro de análisis, un proceso de descomposición. Por ello, -como asegura de nuevo Ibáñez- se queda cojo si no se complementa con el último nivel, el nivel sýnnomo.

V: Nivel sýnnomo de análisis
El nivel sýnnomo es el nivel total, puesto que en él se recupera para el análisis la unidad o la totalidad del universo discursivo. Y esto en dos sentidos. Primero, porque las situaciones concretas en que se producen los discursos analizados (ya sean los grupos de discusión, las entrevistas, las campañas iniciadas por la prensa escrita o las situaciones conversacionales conocidas mediante observación participante) son concebidas como un reflejo, a nivel microsocial, de lo que sucede a nivel macrosocial. Esas situaciones son vistas como momentos de un proceso social global del que forman parte, de modo que el análisis a nivel sýnnomo persigue, entre otras cosas, interrelacionar esos momentos con ese proceso que actúa sobre ellos. Se recoge así el afán holístico de la antropología, pues -tal como nos dice John Ogbu- en ese proceso social global puede que se encuentren las claves para comprender lo que ocurre en aquellas microsituaciones, tal como él se encargó de mostrar en lo que se refiere a las claves para comprender el fracaso escolar de las minorías étnicas estadounidenses. Y, en segundo lugar, a nivel sýnnomo se restituye la unidad en tanto en cuanto cada discurso es considerado en sus relaciones con los otros discursos. Y, con ello, se recoge -esta vez- el aspecto dinámico de la vida social, la idea de que los discursos se constituyen en sus interrelaciones dialécticas con otros discursos, la idea de que su estructura y su contenido (en suma, sus elementos concretos de verosimilitud) no se van conformando de manera autónoma, de manera aislada, sino teniendo en cuenta lo enunciado por otros discursos a los cuales se enfrenta o con los cuales se quiere alinear.
Para terminar aquí la exposición del tema, diré que esto último lo pone de manifiesto, por ejemplo, el antropólogo Manuel Delgado en un artículo publicado en la revista Antropología, donde defiende la idea de que -en los últimos años- el discurso nacionalista catalán se ha presentado a sí mismo como un discurso no violento, como un discurso negador del valor de violencia, pero precisamente para mostrarse, ante los ojos tanto de los catalanes como de los no-catalanes, como opuesto a otro discurso hoy en día devaluado: el discurso radical vasco. Sin la presencia de éste, sin la presencia del discurso radical vasco, probablemente los énfasis, las argumentaciones y las imágenes empleadas por aquel otro habrían sido diferentes.

Mª Isabel Jociles Rubio, del Departamento de Antropología Social de la UCM, es doctora en sociología y se dedica actualmente a la docencia y a la investigación antropológicas, principalmente en los campos de las identidades étnicas, las lógicas domésticas, el ritual, así como la metodología y la epistemología de las ciencias sociales. Volver al inicio del artículo
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Notas

De las que aquí voy a subrayar dos. La primera es que los discursos no son únicamente signos lingüísticos destinados a ser comprendidos, sino también signos de riqueza destinados a ser valorados, apreciados, y signos de autoridad destinados a ser creídos y obedecidos; y la segunda tesis es que los contextos en que se constituyen esos discursos son -para Ibáñez como para Bourdieu- contextos de lucha por la imposición de la visión legítima sobre un determinado fenómeno.

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